viernes, 22 de junio de 2012

Las vendas de la muerte


Anoche caían unas escasas y espesas gotas de lluvia, como la transpiración de un cielo que giraba con esfuerzo. Hacía demasiado calor, y antes de dormirme decidí leer de un tirón La tercera persona, novela recientemente publicada por Álvaro de la Rica, apreciado lector de esta bitácora. Menciono la lluvia de anoche porque la novela de Álvaro empieza hablando de Los muertos de Joyce, y cómo no acordarse entonces del dulce descenso de la nieve cayendo sobre los vivos y los muertos, como la última postrimería… Nada mejor para empezar una novela que recoger ese guante, el de dos personajes convertidos en sombras, una que duerme y otra que vela (y se desvela), una que se convierte en sueño y otra que se convierte en muerte… Yo mismo, mientras leía la novela de Álvaro, era esas dos personas, la mujer que duerme abrigada por los recuerdos de su tercera persona y el marido que intenta desentrañar ese instante de amor que redefine toda su vida. «La muerte -escribe Álvaro- es el instante de amor del que habló Kafka en sus “Pensamientos sobre la religión”. La luz tras la puerta. La sentencia finalmente revelada…». Escribir con arreglo a los muertos no es simplemente escribir sobre memorias extintas, sobre sombras más o menos borrosas transfiguradas en nieve apelmazada sobre las lápidas del cementerio de Oughterard; es más bien escribir sobre las vendas de la muerte, sobre las gasas sucias y ensangrentadas que deja tras de sí un cuerpo resucitado. Los personajes de La tercera persona han muerto y han resucitado. Mueren en un instante de amor (adúltero) y al resucitar pierden la unidad del curso de sus vidas. La luz que hay tras su puerta es un espanto, y el mundo por el que vagan sus cuerpos se convierte en una pesadilla poblada de personajes grotescos que parecen escapados de algún círculo del infierno dantesco. Todo aquello que nos cambia sucede así, en un fondo de pesadilla, y al despertarnos parece como si hubiésemos contraído una enfermedad -la culpa- que no tardará en volver a matarnos… y en volver a resucitarnos. Hay un texto hermano de esta novela que explica a la perfección este proceso, un sueño que el autor transcribe con comprensible pudor en su bitácora y que le lleva de una noche tormentosa a la estatua funeraria de John Donne. Para ir de un lugar a otro hay que atravesar una gasa blanca, una oscura placenta, hay que dejar en el camino esa segunda piel que es el despojo de la culpa y el resto del placer. Hay que ir del miedo a la belleza, de la desnudez a los gusanos. Ida y vuelta. Un tránsito que hay que hacer en soledad, y que es como el viaje de regreso a la infancia que hace uno de los personajes de la novela en el escalofriante pasaje de su visita a Auschwitz, cuando el horror que inspira ese Ground Zero de la Historia se convierte en una revelación sobre su pasado. Para ello basta con ver reflejado en ese horror unas leves líneas familiares, los mismos muros de la casa familiar, el mismo granito en los peldaños de las escaleras, las mismas ventanas bajas de la Bauhaus, las mismas barandillas redondeadas… En el relato de la Historia el horror es una sombra del horror (como el amor para los personajes de esta novela). Es cuando vemos reflejado en ese horror los rasgos de algo que proviene de nuestro mundo inocente, cuando el horror (y el amor) se convierte en una verdadera revelación. Me pregunto finalmente si esa revelación puede liberarse también de su mortaja, como las culpas del amor: soñándose ambas como un castigo eterno…